martes, 16 de diciembre de 2014

Mi carta al Niño Dios


Montería, Colombia, Planeta Tierra

Querido niño Dios:
Disculpa que me haya demorado tanto en escribirte este año. La razón de mi demora es que últimamente he estado pensando mucho en tu papel como padre de toda la humanidad y la verdad es que estoy muy decepcionado. Veo que tienes una clara preferencia por algunos de tus hijos que reciben una carga desproporcionada de amor y bendiciones de tu parte, mientras que a la gran mayoría los tienes en el total abandono. Perdóname que te lo diga, pero espero que el Instituto Celestial de Bienestar Familiar ya te tenga fichado. Cuando me pongo a pensar en todo lo que has bendecido a algunos de mis hermanos, por ejemplo a Bill Gates, no puedo evitar sentir envidia, aunque tú mismo me hayas prohibido sentirla. Acepto que a Bill no le diste el mejor aspecto físico del mundo, y en eso creo que me favoreciste un poco a mi (aunque a mi hermano George Clooney le fue mucho mejor en eso), pero ese pequeño defecto lo compensaste de manera absurda con la billetera que le permitiste alcanzar, gracias a una sucesión de bendiciones que tu mismo le brindaste.
Repasemos un poco la vida de Bill. Primero, lo hiciste nacer en los Estados Unidos, el mejor país del mundo para nacer en los años 50. No conforme con eso, lo hiciste hombre y blanco en una sociedad machista y racista. Para colmo de males lo hiciste superinteligente al obsequiarle un IQ de 160, regalito que también le diste a otro de tus hijos consentidos, Albert Einstein. En este punto aprovecho para preguntarte ¿por qué te reservas ese IQ de 160 solo para uno de cada 33.000 de tus hijos? ¿por qué no nos haces superinteligentes a todos por igual? ¿acaso hay una escasa reserva de inteligencia que debes administrar sabiamente? Bueno, además lo hiciste nacer en una familia amorosa con un papá abogado que tenía ingresos suficientes para pagar la escuela privada Lakeside en Seattle, la cual tenía una terminal de computador de tiempo compartido que le permitió al pequeño Bill desarrollar a sus anchas su pasión por la informática. ¿Cuántos niños en todo el mundo tuvieron la oportunidad de tener acceso a un computador todo el tiempo que quisieran en 1968? Toda la serie de casualidades que le pusiste en el camino después le permitieron desarrollar su habilidad para la informática, logrando acumular más de 10.000 horas de entrenamiento siendo aún un adolescente.

A Bill también lo hiciste afortunado en el amor. No me refiero con esto a todas las mujeres despampanantes que seguro habrán pasado por su cama en su soltería. No. Me refiero a todas las cazafortunas que seguramente le tuviste que quitar del camino para que no la embarrara. No debió ser fácil para el pobre Bill, gafufo y con escasas habilidades sociales, rehusarse a contraer matrimonio con cada Kim Kardashian que se enamoraba locamente de su chequera. Seguro le ayudaste mucho, sabiendo que secretamente estas candidatas soñaban con cambiar muchos de los aburridos hábitos de Bill, como trabajar mucho y leer todo el tiempo, por una vida más parecida a la de un oligarca ruso. Barriste con todas y en cambio le enviaste a Melinda, quien es igual de aburrida que él, lee todo el tiempo, es superinteligente y trabaja a su lado en la Fundación que ambos crearon. En eso también te luciste porque le enviaste, como dicen por acá, la horma de sus zapatos.

Me pongo a recordar esas cosas y me da algo de rabia contigo, no con él, porque se te fue la mano. No sé si lo has notado, pero la fortuna que ha acumulado Bill supera el tamaño de la economía de más de la mitad de los países del mundo. O sea que uno solo de tus hijos tiene más riqueza que toda la que producen los habitantes juntos de cada uno de esos 100 países. Al ver esas cifras, me queda la sospecha de que no eres muy bueno con las matemáticas, pues no sabes dividir muy bien.
También me da piedra que Bill no te adora, no te reza, no te pide nada y le has dado todo eso sin pedírtelo, mientras que a los millones de ciudadanos de esos países pobres que viven metidos en las iglesias para salir de su situación, no los escuchas. Bill dice que es “agnóstico” pero ese no es más que un término que utiliza la gente famosa para evitar decir que es atea, por aquello de cuidar su imagen. Entonces aquí va otra de esas cosas que no entiendo: tus hijos que reciben una inteligencia de genios, ese mismo poder de análisis y deducción los lleva a concluir que tú no existes (Einstein era igual). ¿Por qué haces eso? ¿Qué es lo que pretendes escondiéndote de los superinteligentes y de los científicos, mientras que te encanta figurar como parte integral de las vidas de los demás? Desde niño me dijeron que trabajas de maneras misteriosas, y vaya que sí eres un tipo raro.
Pero bueno, esta era una carta para pedir mi regalo, no para hacer reclamos. Solo quiero que me des un regalo esta navidad: quiero que a mí y a todos tus hijos nos trates por igual. En otras palabras, deja de consentir tanto a unos pocos y trata de repartir mejor tus bendiciones porque esto por acá está bien jodido y la verdad es que con esa discriminación no estás ayudando mucho. Trata de repartir mejor la inteligencia, la justicia, el dinero, la bondad, los padres amorosos con sus hijos, la felicidad en general, y verás que en vez de tener tanta gente pidiendo, vas a tener mucha gente por fin viviendo sus vidas plenamente, aunque con tanto científico por ahí, pocos de tus hijos reconocerán que existes, pero no creo que seas tan soberbio como para no hacer ese pequeño sacrificio por nosotros tus hijos. Gracias por atender mi carta y perdóname por el tono de reclamo.
Tu hijo,
Alberto Mario