domingo, 18 de septiembre de 2016

Sobre Uber y otros demonios

La semana pasada dejé mi carro particular en un lavadero de la ciudad y, como de costumbre, abrí la app de Uber para solicitar un vehículo que me llevara hasta mi oficina. ¡Oh sorpresa! No había vehículos disponibles. Me tocó esperar más de 10 minutos hasta que el primero apareció. En ese momento recordé con indignación que desde el Ministerio de Transporte se sigue intensificando la persecución a esta empresa y su servicio “ilegal” de transporte. Entonces me pregunté: ¿Será posible que estén logrando su cometido? ¿Dónde está el Ministro de las TIC para detener este sinsentido de su colega del Transporte?
Para explicar por qué creo que perseguir a Uber es un sinsentido hay que entender primero el contexto. En octubre 13 de 1993, durante la administración del Alcalde Jaime Castro, se emitió en Bogotá el decreto 613 mediante el cual se cerraba el incremento de taxis nuevos en la ciudad para que, a partir de esa fecha, salieran los de más de cinco años de servicio y entraran vehículos nuevos a ofrecer el servicio. Fue entonces cuando se creó el 'derecho de reposición', conocido popularmente como el 'cupo' para prestar el servicio de taxis en la ciudad. Esta norma, al parecer hoy extendida en todo el país, tenía muy buenos propósitos, pues pretendía no solo renovar la flota sino evitar que hubiera demasiados taxis que hicieran más trancones en la ciudad, al limitar los cupos. Pero como dicen por ahí, de buenas ideas está lleno el infierno. Lo que ocurrió después fue que las ciudades y la demanda por el servicio de transporte particular siguieron creciendo y los cupos siguen restringidos, generando una distorsión en este mercado. Esto creó un mercado paralelo de compra y venta de cupos entre quienes querían entrar en el negocio y los que ya estaban adentro, llegando en algunos casos a pagar hasta $100 millones por ese derecho al vendedor, dinero que nunca ha llegado a las arcas del erario municipal dado que este es un negocio entre particulares.
Todo funcionaba así, hasta que llegó Uber a moverle la alfombra a todos. Esta empresa ofrece una ‘app’ que permite a cualquier persona que tenga un vehículo que cumpla con algunos requisitos, ofrecerlo para transportar a otros. De esa manera, quienes necesitamos transportarnos solicitamos el servicio y nos recoge un vehículo conectado a la app. No hay un taxímetro. Uber tiene una tarifa por Km recorrido y tiempo, y calcula el costo de cada transporte por la información del GPS del celular del conductor. Eso es tranquilidad para mí. No existe un taxímetro que se pueda adulterar. Tampoco me pueden dar más vueltas de la cuenta porque el recibo que me llega a mi correo incluye el mapa del recorrido y si me parece que no fue una ruta ideal hago el reclamo. En mi experiencia, el reembolso de lo que pagué de más no tarda más de un par de horas y el conductor es sancionado. Si el conductor no maneja bien, no respeta señales de tránsito o no me gusta su atención, lo califico mal. Si varios usuarios lo califican mal, es expulsado de la plataforma. Por primera vez siento que como usuario tengo la sartén por el mango.
Desde el punto de vista de la movilidad, los vehículos de Uber son carros particulares (UberX) que ya hacían parte del parque automotor de la ciudad. No van a generar más trancón porque ya estaban ahí. Los conductores son, por lo general, personas que se conectan esporádicamente a la aplicación para generar ingresos extras para sus hogares ofreciendo transporte a otros. Ya no es necesario tampoco que haya una entidad que haga un costoso estudio de la ‘demanda insatisfecha’ del servicio de transporte público para determinar la oferta de ‘cupos’ en la ciudad. Uber también solucionó eso. En las horas pico, cuando más personas solicitan el servicio y no hay oferta, la tarifa empieza a subir (le llaman tarifa dinámica) para incentivar a los que tienen el vehículo guardado a que ofrezcan el servicio y poder satisfacer la mayor demanda. Al mismo tiempo, si la tarifa sube demasiado en esos momentos, muchos usuarios prefieren optar por el taxi tradicional, disminuyendo nuevamente la demanda por Uber. Mejor dicho, el mercado se vuelve eficiente y se regula perfectamente la oferta con la demanda del servicio en tiempo real gracias a esta tecnología.
Y si eso es tan bueno para usuarios, conductores y ciudadanos en general, ¿entonces cual es el problema? El problema es que este nuevo jugador se está quedando con una buena tajada de la torta sin haber pagado por ella (el cupo), y eso tiene furiosos a los jugadores antiguos que pagaron un dineral por estar ahí. ¿Y cuál es la solución? Parto de la base de que mercado hay para todos. La primera medida que yo tomaría si estuviera en los zapatos del Ministro de Transporte sería sacar provecho tributario de la facturación de Uber. Es muy fácil recaudar impuestos de una empresa cuyas ventas son pagadas casi en su totalidad con tarjeta de crédito y es muy fácil aplicar una retención en la fuente por este servicio, la cual podría ser del 1% aplicada hoy al servicio de transporte. La segunda medida sería exigirles a los conductores una póliza de seguros similar a la que se les exige a los taxistas para que haya igualdad de condiciones y seguridad para el usuario. Y por último, eliminaría por completo el sistema de asignación de ‘cupos’ para que cualquier persona o empresa que quiera entrar a este negocio pueda escoger libremente si ofrece el servicio con un taxi tradicional o por medio de una plataforma como Uber y similares. El cupo tenía sentido cuando había que restringir la oferta para no inundar las calles de taxis, pero hoy ya no lo tiene porque la tecnología solucionó esta necesidad. Esta última medida no dejaría muy contentos a los dueños actuales de los ‘cupos’ ya que automáticamente el valor de mercado de estos desaparecería. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que el interés general prima sobre el particular y no tiene ningún sentido continuar con ese sistema ya.

En la actualidad, Travis Kalanick, el fundador de Uber, es el coco de los taxistas de cada país y ciudad donde esta empresa ha hecho su arribo. La historia está llena de ejemplos de situaciones similares. Para citar solo uno, Thomas Edison con su bombilla eléctrica también fue el coco de los fabricantes de kerosene, derivado del petróleo con el que se iluminaba el mundo en aquel momento. Sin embargo, el avance de la tecnología en beneficio de la sociedad no se puede detener y el gobierno con sus absurdas medidas está tratando de detener al demonio equivocado.

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